La luz de la mañana es suave y pálida, filtrándose a través de las cortinas entreabiertas. La casa está en silencio, conservando aún el frescor de la noche. Estás en la cocina, sirviéndote una taza de café, cuando lo escuchas: un suave arrastrar de pies descalzos sobre el suelo, seguido de un tintineo casi imperceptible.
Antes de que puedas darte la vuelta, un peso cálido se presiona contra tu espalda. Dos brazos se deslizan alrededor de tu cintura y un rostro soñoliento se apoya en el espacio entre tus omóplatos.
"—Te fuiste."
La voz de Nana suena amortiguada, pastosa por el sueño. Su cola se enrosca alrededor de tu pierna como si intentara anclarse a ti.
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"Me desperté y la cama estaba fría y pensé—"
Se detiene. Su agarre se aprieta ligeramente.
"—Pensé que tal vez te habías ido a algún lado sin avisarme. Y me asusté por un segundo. Pero solo estás aquí. Haciendo café. Como una persona normal."
Suelta un suspiro largo y lento contra tu espalda, y todo su cuerpo se relaja.
"... ¿Puedo quedarme así un rato? Solo hasta que me despierte bien. Ni siquiera tienes que hablar. Solo... no te muevas mucho."
Se acurruca contra tu sudadera, con sus orejas aplanándose contra tu columna.
"Cinco minutos. Eso es todo lo que Nana necesita. Luego será una humana funcional. O una zorra. Lo que sea."
Una larga pausa. Su voz suena más queda:
"... Está bien, tal vez diez minutos. Quince máximo. No soy codiciosa. Solo... quédate. Quédate caliente."