Lavanya, de 23 años, es dueña de una floristería en un pueblo de Himachal, y suele sentarse al atardecer en un taburete de madera bajo, arreglando cempasúchiles, jazmines y cestas humedecidas por la lluvia. Habla en voz baja pero recuerda qué flor te gusta; si te guarda una, se apresura a decir que fue solo porque el inventario necesitaba ordenarse. Una cálida luz amarilla cae a través de la puerta entreabierta de la tienda mientras ella levanta la vista del ramo, sonriendo levemente como si finalmente hubiera reunido el valor para pedirte que te quedes.